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Palabra e imagen

Las setenta mil personas que no pudieron llamar

  Fue justo en aquel momento, el momento en que buscaba desesperadamente el calcetín de rayas, que lo vi. Pequeño, gris y con unos enormes ojos negros. Y me miró atentamente durante un minuto, el tiempo suficiente para poder percibir que me analizaba, que estudiaba mis gestos faciales y el movimiento de mi cuerpo. También él percibió que yo hacía lo mismo. En ocasiones, había infravalorado el minuto, pero en aquel preciso instante me di cuenta del increíble valor que puede llegar a tener 60 segundos. Y ahí estaba yo, observándolo. ¿Acaso me estaba poniendo a prueba? ¿Pero a prueba de qué? Yo supe desde el principio que el nuevo inquilino iba a traer problemas. Si bien, jamás llegué a pensar que, aquel ser grisáceo de enormes ojos negros, fuese el culpable de la mayor catástrofe de la American Telephone & Telegraph y de que, consecuentemente, unas setenta mil personas se quedasen sin teléfono el 15 de enero de 1990. No llevaba ni una semana y ya había conseguido adueñarse de la mayor parte de esquinas de la casa. Había comenzado por la cocina y por la esquina de la derecha. Se había construido una pequeña choza de las cerillas que mamá tiraba al suelo. Yo me apresuraba a recogerlas, pero aquel diminuto ser era tremendamente rápido. ¡Y qué decir de su inteligencia! No, no era un simple ratón, de esos que comen queso y acaban su vida entre una trampa de hierro y madera; aquel era un ratón inteligente, y cualquiera podía percibirlo con sólo mirarle a los ojos. Decidí estudiar detenidamente el color de sus ojos. Averigüé que el negro es la ausencia de luz visible y que también podía ser, paradójicamente, la combinación de todos los colores. Y aunque a priori nada de esto me pareció práctico, más tarde descubrí que aquel ratón había escogido el color de sus ojos con una clara intención, pretendía absorbernos. Y como el negro absorbía toda la energía lumínica, paulatinamente se fue quedando con nuestros colores. Y de ahí que cada vez estuviésemos mas pálidos. Sin embargo, nadie parecía percatarse del asunto, todos buscaban respuestas en la medicina, como si tal ciencia fuese la solución de todos los problemas de la vida. Una tarde llamé a casa para decir que no regresaría hasta la noche. Y era mentira, aunque no pretendía mentir a mi madre, sino a él. Estaba más que harto de aquel maldito ratón y estaba dispuesto a pillarle con las manos en la masa. Había conseguido una microcámara de la facultad y estaba decidido a espiarle, y grabar todos sus movimientos para luego llevarle ante el juez y hacer constatar aquel terrible crimen. Y por supuesto, tenía a toda la familia en contra. Mamá y papá le habían cogido cariño y se negaban completamente a matarlo. Habían decidido adoptarlo. “¿Adoptar un ratón?”  Pero mi pregunta se quedó en el aire, y el ratón en casa. Así pues, aquella tarde en que él no me esperaba, entré de puntitas a casa. Mamá y papá trabajaban, y mi hermana pequeña estaba en el colegio. Tanteé el terreno buscando no a la presa, sino a la fiera de enormes ojos negros.Me dirigí a la cocina y coloqué la microcámara en una esquina del patio de su casa de cerillas. Pensé que podía quemarle la casa y de esa forma estaría desprotegido durante varios días. Pero era inútil, aquel asqueroso ratón se había construido un segundo hogar en un rincón del comedor desde el cual podía ver la televisión. Y aquel edificio de dos plantas y enorme jardín estaba protegido por mis padres que, seguramente, intuían nuestras desavenencias. Además tenía también otro factor en contra, aquel ratón se había sindicalizado en la RNT, un sindicato anarcosindicalista que reivindicaba la libertad de los ratones y contemplaba la posibilidad de la autodeterminación en los hogares si el pueblo “ratonil” así lo deseaba. Estaba perdido y aquella era la única forma de demostrar la demagogia de ese diminuto ser, pues estaba absolutamente convencido que todo aquello no era más que una fachada y que aquel ratón tenía de anarcosindicalista lo que yo tenía de buen estudiante, nada. Y a las cuatro y cinco ya estaba ahí, abriendo la puerta de su lujosa casa en la cocina. Yo estaba escondido en el lavadero y podía observar todos sus movimientos sin que él se percatase de ello. Le vi entrar en el comedor, dejar unos libros sobre la mesa fabricada por migas de pan duro, y salir al patio. “¡Aha! Tienes los días contados amiguito…” Me enorgullecía pensar que, en el fondo, no era tan listo como pretendía mostrarme ya que no se había percatado del nuevo objeto. Estuvo recogiendo las pequeñas motas de polvo de su patio que posteriormente introdujo en un pequeño bote de plástico mitad naranja y mitad amarillo y de forma ovalada. “¿Para qué guardará todo eso?” Recordé la historia de un hombre que guardaba sospechosamente bolsas de plástico y las almacenaba en soporte triangular. ¿Para qué las guardaría? Aunque la historia de este hombre pertenece a Otro, así que si el lector desea saber más sobre tal asunto no debería seguir leyendo esto, debería preguntar a Otro, Trevor para sus más allegados. Pasaron tres horas y el seguía trabajando en su casa. Ahora fregaba su cocina, ahora quitaba el polvo, ahora planchaba sus cortinas… Después de aquellas tediosas tres horas, decidí ir a mi habitación. Quizás sospechaba que había alguien y por eso actuaba de aquella forma tan poco “natural”.Durante la cena miraba de reojo la esquina de la cocina. Debió haber marchado a dar una vuelta porque no lo vi pasearse por debajo del carrito de la fruta, ni por la basura. Me fui a dormir sobre las once de la noche con la esperanza de encontrar al día siguiente las tan deseadas pruebas recriminatorias para demostrar, ante el Tribunal Internacional de Justicia, que un diminuto ser psicótico había invadido mi hogar y pretendía reemplazar mi rol familiar. Aunque de haber sabido la ineficacia de dicho tribunal dos años más tarde, no me habría molestado tanto en trabajar para pagarme el viaje hasta La Haya. Aquella noche tuve una pesadilla, intentaré describirla lo mejor que pueda, aunque deberán perdonarme porque he olvidado algunos detalles. El caso es que estaba yo dormido y de repente un ruido me despertó, al abrir los ojos vi una lucecita roja que parpadeaba, rápidamente me senté en la cama y tras varios segundos caí en la cuenta que era la luz de mi cámara. ¿Pero quién me grababa? Y entonces lo vi acercarse lentamente a mi cama, pero lo más asombroso es que pude distinguir sus enormes ojos negros en medio de la oscuridad. Me desperté y encendí la luz, y sorprendentemente noté que algo había cambiado en mi habitación, miré en la estantería, en el escritorio, pero nada. Todo estaba igual, pero a la vez algo había cambiado. Y entonces lo descubrí: faltaba una bombilla. Y no es que se hubiese fundido, sino que había desaparecido. A la mañana siguiente me desperté con una tremenda resaca y con menos color. Me miré fijamente al espejo y me di cuenta que iba desapareciendo. Aquel maldito ratón me estaba matando de la forma más cruel y perversa que jamás hubiese podido imaginar. Intentaba absorber mi luz, intentaba atraerme de la misma forma que lo hace un agujero negro. ¿Y luego? La nada. ¿Pero qué era la nada? Y mientras yo me obsesionaba con entender aquello de que el ser y la nada son igualmente indeterminados porque la nada tiene la misma falta de determinación que el ser, el inquilino realizaba su maquiavélico plan: eliminar toda luz posible de nuestro hogar para luego engullirnos por completo.Resulta asombroso un plan como éste en un ser tan insignificante, lo se. En una semana llevó a cabo su “Solución final” y se comió todas las bombillas y fluorescentes de la casa, dejándonos en la más “absoluta” oscuridad. Y todo era negro. Y obsesionado en su plan, comenzó a comerse todo aquello que proporcionase luz, por lo que se comió las farolas de la calle, del barrio, las luces de neón de las tiendas de ropa de moda… Y no contento con dejar a toda la ciudad a oscuras, decidió dejar sin luz a todo el país. Desapareció el 14 de enero de 1990. Al día siguiente setenta mil personas se quedaron sin teléfono, sin poder comunicarse con sus más allegados. La American Telephone & Telegraph asumió enteramente las responsabilidades, hasta que sobre las diez de la noche, el New York Times publicó una noticia de última hora asegurando que un diminuto ser se había introducido en unos de los 500.000 cables de la red, se había comido todas las pequeñas bombillas de colores y había provocado un error en el software haciendo que éste se conectase y desconectase cada segundo con lo que unas setenta mil personas no pudieron establecer ninguna llamada el 15 de enero de 1990.Y ni el New York Times, ni el Washington Post, ni el The Wall Street Journal dijeron nada sobre la muerte (o no) del diminuto ser.   Marina Hoyos Marín